En época prehispánica, Mesoamérica estaba habitada por civilizaciones que compartían tradiciones y una historia comunes. Esta región puede dividirse en subzonas culturales: el Norte de México, el Altiplano Central, el Occidente de México, el Golfo de México, Guerrero, Oaxaca y el Área Maya.
Presentes desde hace 30 000 años, las poblaciones de cazadores-recolectores se adaptaron al entorno gracias a la domesticación de plantas como el maíz, el frijol y la calabaza. Este largo proceso concluyó hacia el 2500 a.C.
A partir de esta fecha comienza el período denominado Preclásico, durante el cual se sucedieron varias civilizaciones que compartieron diversos elementos culturales: un modelo arquitectónico monumental, el conteo calendárico, la escritura jeroglífica, el juego de pelota, un panteón complejo y un sistema ideológico que unía lo político y lo ritual.
Entre estas civilizaciones, los olmecas, particularmente conocidos por la escultura de cabezas colosales, destacan a partir del 1150 a.C. a lo largo de la costa del golfo de México.
Durante el período Clásico, distintas culturas, inspiradas en la herencia olmeca, desarrollaron los primeros Estados arcaicos caracterizados por sociedades urbanas y jerarquizadas.
En el Altiplano Central, la ciudad de Teotihuacan fue una gran capital, un lugar sagrado, un centro manufacturero y un espacio multiétnico donde el fenómeno urbano se desarrolló como en ningún otro lugar de toda la Mesoamérica clásica.
Paralelamente, la cultura maya experimentó un gran florecimiento, especialmente en los centros urbanos del Petén central, dotados de templos, palacios, calzadas, canchas de juego de pelota y estructuras piramidales sofisticadas. La sociedad maya destacó en diversas artes, como la arquitectura y la escultura, así como por sus avanzados conocimientos en astronomía y matemáticas.
En los valles centrales de Oaxaca se desarrolló la cultura zapoteca, particularmente en Monte Albán, una capital estatal que alcanzó su máximo esplendor hacia mediados del primer milenio, tras el colapso de Teotihuacan.
A finales del período Clásico, la ciudad y centro ceremonial de El Tajín representó el máximo exponente del esplendor cultural totonaca, especialmente con su pirámide de los nichos y sus numerosas canchas de juego de pelota.
En el siglo X comenzó un nuevo período, denominado Posclásico, marcado por la aparición de una nueva potencia en el Altiplano Central: la cultura tolteca. Surgida de la unión entre pueblos procedentes del norte con aquellos ya establecidos en la cuenca de México, esta cultura estableció su centro de poder en la ciudad de Tula, que se convirtió en el centro político, militar y comercial de la Mesoamérica central hasta el 1250, manteniendo incluso estrechos vínculos con los mayas a través de la ciudad de Chichén Itzá.
La mayor afluencia de pueblos procedentes del norte al interior de Mesoamérica provocó la adopción de nuevos elementos culturales. Entre estos grupos se encontraban los mexicas, quienes se establecieron en un islote del lago Texcoco y posteriormente construyeron un imperio, a partir de 1428, al controlar los señoríos vecinos, desde el golfo de México hasta la costa del Pacífico. Este imperio vio su fin con la llegada de Hernán Cortés en 1521